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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

Calcular el influjo poderoso que entre los hombres hubieran realizado las producciones de aquel corazón de aguda sensibilidad, se hace imposible a nuestra visión de comentaristas. Pero aquellas plumas que se mueven siempre no para lucir primores de estilo; ni bajo el peso de la esclavitud de la obligación diaria; ni para conseguir premios, lauros y prebendas, sino para realizar una acción o exteriorizar pensamientos hondamente sentidos que pugnan por salir al cumplimiento de un apostolado, son y serán siempre las plumas nobles y verdaderas, que enardecen y hacen inflamar en el amor hacia un ideal.

Un hombre sintiendo con profunda intensidad el amor más puro, vale y hace más por conducir a Dios a los demás hombres, que toda una civilización. Una verdad dicha con el corazón antes que con las palabras y con los libros, refleja más rápidamente en el hombre la imagen de su Creador, que el contenido de todos los anaqueles de las librerías pedagógicas.

Y aquellas palabras de Charles Chesnelong: «Un gran país no está asegurado jamás en la paz si no mantiene tras de sus palabras la fuerza suficiente para apoyarlas», podrían seguramente sustituirse por estas otras: Mientras los pueblos no estén formados por corazones inflamados en un ideal, ni las armas ni los cañones por inuy poderosos que éstos sean, lograrán jamás preservarlos de la invasión enemiga; ni de la decadencia; ni de la muerte.

Pero notamos que nuestra atención nos conduce a regiones más lejanas que las del presente estudio. Las continuadas Memorias que en el extranjero se escriben nos han dado pie para recordar a Echagüe y recordar su obra, inmanente pero casi inédita.

Bien es verdad que las acciones militares y las grandes acciones sociales requieren en el escritor un profun-