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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

do sentido de la realidad y un gran espíritu de verdad. Pues continuamente estamos viendo que cuando aquéllas desaparecen del margen de los libros, todo se falsea y todo se hace bastardo, con perjuicio evidente de la historia y de la exacta realidad.

De aquí aquella pereza que se apoderó del Conde de Moltke cuando al instigarle que escribiese sus Memorias sobre la guerra francoprusiana, contestó: «Todo cuanto he tenido ocasión de escribir oficialmente, o que es digno de recordar, se puede ver en los archivos del Estado Mayor. Prefiero llevar a la tumba mi experiencia personal. Y como dice un comentarista suyo, generalmente le disgustaban las Memorias y no trataba de ocultarlo, diciendo que solamente servían para lisonjear la vanidad del escritor y que éste contribuía a menudo a desfigurar importantes acontecimíentos históricos imprimiendo en éstos un carácter sobradamente subjetivo e introduciendo en ellos detalles triviales».

¿Seria acaso por esto por lo que Echagüe no escribió las Memorias, como el general Fernández de Córdoba, como en los tiempos actuales lo ha hecho el general Weyler sobre la guerra de Cuba; como el general Polavieja sus próximas «Memorias Íntimas», que, según el ilustre académico J. Becquer, han de depositarse en su día en la Academia de la Historia; como lo han llevado a cabo otros muchos pundonorosos militares?

Quien comenzó de chico dando pruebas de un valor y un patriotismo como el de Echagüe¡ quien durante tantos años anduvo aprisionado en la red de los ensueños, dolores y pesadumbres de una nación como la española, bien pudo haber volado con la pluma por las regiones de la verdad, una vez rotas por la Restauración aquellas sangrientas y vindicativas mallas. Que no serían seguramente las páginas de Echagüe para pasarlas dis-