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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

misterios y sus pliegues más recónditos, del mismo modo que cuando en una obra de arte advirtamos ausencia de plasticidad, vernos, sin embargo, hondos sentimientos y ricas armonías.

El recuerdo del General Echagüe, con su historia y su vida, aparece ante nuestra vista, no como algo material y brusco, sino como un tenue rocío que refresca y empapa nuestra alma de patriota y de basca. El que lo fué tanto, llegó a despertar en esta preocupación que sentimos por nuestras glorias aquel singular encanto que un rico licor, encerrado en finísimo y transparente cristal, despierta también al sentido de la vista.

Al final casi de nuestro trabajo, no hemos de olvidar aquel espíritu suyo de tolerancia que encarnaban los actos todos del General Echagüe que del mismo modo que los ríos al bañar las márgenes de sus cauces floridos, no rompen ni destrozan la belleza de los campos, antes bien la fecundan, así también las ideas políticas del General Echagüe, al chocar en el curso natural de los sucesos históricos con las contrarias a su modo de sentir, no destrozaban ni rompían, sino las vivificaban, siempre que subsistiese en ellas una sola partícula de redención y salvación patria.

Esta tolerancia del General Echagüe no fué jamás convencional y política, sino que estaba dentro de su mismo carácter. Carácter, persona y actos eran una misma cosa. Separarlas, era separar el todo, anulado. Lo cordial sobrepasaba siempre a lo abstracto, a lo doctrinario.

Y, sin duda, de aquel espíritu innato de tolerancia suyo surgió aquel carácter también conciliador y amigo de agotar el último cartucho en el terreno de la paz y la concordia, antes de tomar las cuestiones por la tremenda, con todas sus terribles consecuencias. Como que en