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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

de Alabarderos, no existió jamás la falsedad y el oropel con que no pocas veces se cubren lánguidos y ajenos prestigios. Su vida y sus hechos resistirán fácilmente, en todo tiempo, el empuje avasallador de la critica. Y en esta depuración suya se extenderán, con mayor fuerza todavía, las raíces que surgieron siempre de aquellas fuertes vibraciones de su carácter, de su fe y de su patriotismo. Echagüe vive hoy y vivirá siempre, en la memoria de los buenos, con los mismos rasgos e idénticos sentimientos que tanto cnoblecieron su figura de hombre prudente, hombre militar y hombre sabio.

Y terminaremos este ensayo recordando un suceso que, si fué triste, tristísimo para el ilustre militar, encierra, sin embargo, una lección de honda filosofía social, precisamente encarnada ante aquel corazón de Echagüe, maestro consumado en la vida y deberes sociales. Vamos a referirlo con la exactitud que alcanzó nuestra inteligencia en el momento que pudimos escuchar el relato de labios de una persona ilustrada.

Había ya concluído la guerra de los siete años, y en la capital de la nación vivía un matrimonio cuya consorte era prototipo de belleza femenina. Hija de un título de Castilla, su amenísimo trato producía en los salones de la alta sociedad madrileña el encanto de un atractivo singular. frecuentó durante su vida una amistad casi familiar con la que fué digna y bella esposa del General Echagüe, D.ª María de las Mercedes Méndez de Vigo y Ossorio.

Pero tuvo la desgracia de perder a su marido, con tan honda tristeza y desconsuelo, que decidióse a entrar en Religión como Hermana de la Caridad. Sin embargo, pasó algún tiempo, y aquella señora viuda comenzó a frecuentar la sociedad y hasta alguno que otro espectáculo público. La maledicencia, que en todos los