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De Iturriak
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VENANCIO MINTEGUIAGA

Si al nacer se encontró con la riente primavera que presenta vigoroso y fresco el paisaje basco; que deja escuchar el tenue murmurio de las regatas; que al morir el Día, y entre un cuadro de arreboles, oye el sonido armonioso del metálico lenguaje de las campanadas del Angelus; en su juventud, cuando iniciaba fuerte todo el vigor de su talento, contempló, entristecido, el cuadro negro de una revolución que, sin detenerse ante el Trono ni el Altar, ante Dios ni ante la sociedad; rompe velos, despedaza coronas, mina y hace explotar instituciones que siempre fueron y para siempre serán glorias inacabables de la Patria y de la Ciencia; heraldos insignes de un pueblo grande y creyente.

Fueron los padres de Venancio de Minteguiaga don José María de Minteguiaga, natural de Garcelu, pueblecillo de Guipúzcoa, y D.ª Maria Antonia Echanique y Elorza, natural de San Sebastián.

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¿De quién heredaría aquél su talento clarísimo como la transparencia de un cristal de roca? ¿De quién aquellas firmísimas convicciones suyas? Su padre fué siempre un hombre estudioso y observador. Amante de las tradiciones, buen cristiano, excelente caballero y, sobre todo ello, una inteligencia muy clara, que seguía con interés los sucesos de la vida. Su madre, una perfecta mujer vascongada. Modesta, sencilla y de un trato muy agradable.

Es lo cierto que a Minteguiaga nada le importó aquel estado social del pueblo español, tan amenazado en sus creencias por los directores de la politica, tan perseguido en sus religiosas instituciones. No parece sino que la misma continuada propaganda protestante que en España se hacía aún en el reinado de D.ª Isabel II; aquella indiferencia ante el mal de muchas capita-