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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

les de España, aquel espíritu liberal que siempre campeó también en su ciudad natal, le servían, haciendo para su alma de creyente, veces de acicate y punzón formidable. ¡Tales eran sus convicciones!

Pasó su niñez educado al calor de un cariño paternal tan intenso, tan verdadero y tan cristianamente sentido, que aquel corazón suspiraba siempre por algo que pudiese ser más perfecto de lo que aún a él le habían dicho y enseñado. Y con ser tan cristiana su educación, de tal modo que, hombre de mundo, pudo haber brillado con luz propia lo mismo en la región de las ideas, como en la de las creencias, como en la de las diversas actividades del ingenio humano; el manteo de sacerdote primero, y la sotana de jesuíta después, llamaron a las puertas de su corazón, como algo formidable y trascendental. Bueno, sencillo, modesto, le veréis de estudiante en el Seminario de Pamplona, y, continuada, esa bondad innata cuando entró en la Compañía de Jesús, hasta los últimos momentos de su laboriosa y santa vida.

Venancio de Minteguiaga hizo sus primeros estudios, como decimos, en Pamplona, continuando la carrera eclesiástica en el Seminario Central de Valencia, donde recibió los grados de Teología y las Órdenes del Subdiaconado. Ya desde entonces comenzaron a brillar en Minteguiaga los distintivos que siempre descollaron en su larga carrera intelectual.

Claridad en la exposición de las ideas. Lógico razonamiento en el desarrollo de la argumentación. Y visualidad certera ante las más complicadas cuestiones. Eso fué de estudiante, y eso fué de maestro, sin que los años, la multiplicidad de asuntos que trató, ni su gigantesca labor, empañaran ni con la más mínima nube el cielo diáfano y azul de su poderosa inteligencia.

Continuaba España en eternas disputas, discutiendo