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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

existir la vida de ciudadanía, haciéndose, por lo tanto, imposible la existencia de la sociedad.

Si siguiésemos paso a paso la obra del P. Minteguiaga, necesitaríamos otro volumen aún sobre el que estamos escribiendo, para corroborar con hechos cuanto ha sucedido durante la última mitad del siglo XVIII y todo el XIX hasta nuestros días, eso que tan sabiamente sostiene en la elevada región de la filosofía y del derecho el P. Minteguiaga. Pero ello supondría un trabajo tan dilatado como inoportuno en estos momentos. Sin embargo, hemos de fijarnos, aunque no sea más que un momento, en los hechos que se han derivado con la moral independiente puesta en práctica en la legislación y en la enseñanza. Tornaremos para esto un modelo. Francia es el modelo de la nación sin moral, o, lo que es lo mismo, con moral independiente.

En esta nación veremos prácticamente lo que el P. Minteguiaga sostiene como consecuencias inmediatas de los principios sostenidos con la moral sin Dios, o la moral independiente. Lógicamente obrando y elevando al ateísmo cuanto de principios fundamentales tiene toda nación, y en el caso concreto la nación francesa, todo aquello que se derive de la moral independiente, ideológica y prácticamente ha de corresponder y depender de esta misma moral, como los ríos dependen y siguen su curso, desde el momento que arrancan de sus fuentes madres.

Pues bien. Sabido es que Francia, desde que la filosofía del siglo XVIII preparó la Revolución francesa; desde que más tarde aquellos principios filosóficos se convirtieron en leyes; desde que, por último, esas leyes cambiaron en absoluto todo un estado social, el único fin que tenazmente se ha perseguido ha sido el de formar la conciencia atea del pueblo francés.