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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Mayo de 1906, y el del mes de Abril del corriente año en días en que se disponía, también, a firmar un decreto sobre la enseñanza del Catecismo, decreto que, atenuado al final, fué en un principio otorgación manifiesta al radicalismo contemporáneo.

Mirad, por lo tanto, la tesis que el P. Minteguiaga implantaba en su libro «La Punibilidad de las Ideas».

¿Puede haber delito en la emisión de ciertas ideas?

He aquí cómo argumenta el mismo P. Minteguiaga, y decidme si no es esto, esto mismo, exactísimo y de una marcada exactitud, lo que estarnos viendo durante el transcurso de casi toda la Restauración. Dice así:

«Quiero decir, en otros términos, que los propaladores de las ideas son cómplices de los seducidos que las realizan, si es que a veces no merecen otro calificativo, aun más criminal, cual es el de coautores.

Para poder negar esta complicidad, sería menester desconocer por completo la naturaleza humana. Y, si no, veamos el efecto que por necesidad tiene que producir la propaganda. Dada la flaqueza de la humanidad y la facilidad con que se acepta el error, sobre todo cuando se presenta rodeado de los atractivos del interés, lo regular es que el propagandista consiga tener adeptos; hasta aquí no hay dificultad alguna, y convienen en ello los adversarios.

Mas una vez ganados los entendimientos, ¿qué es lo natural que se siga? Lo natural es que la convicción de las ideas mueva a la voluntad a la acción, que aqui sería la realización de las ideas falsas y subversivas.

Podrá ser esta influencia del entendimiento más o menos lenta; podrá producir ese efecto en unos, y no en otros, según la mayor o menor fuerza con que se hayan grabado las ideas en la inteligencia, según el mayor o menor ardimiento de los caracteres, y tam-