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De Iturriak
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VENANCIO MINTEGUIAGA

los ciudadanos? ¿Me autorizáis como propagandista de acción, como asociación, como partido militante?

En cualquier otro tiempo, la respuesta, pronta, indudable, resuelta, hubiera sido una rotunda negativa, aun acompañada de gestos expresivos de la ira, de la indignación y del desprecio. Más: al atrevido que así se expresara se le hubiera echado la mano para ponerle a buen recaudo. Aun allá en los albores y candorosas ilusiones de la libertad naciente, de seguro que no hubiera sido todavía otra la respuesta[1].

¿Qué digo? No hace aún treinta años, cuando vió la primera luz el monstruo -estamos en edad para poder recordarlo y lo recordamos muy bien-; no parecía posible pensar de otra manera, aun dentro del régimen de libertad. Pero hoy hemos llegado a lo que parecía imposible; hoy el anarquismo es un partido legal como otro cualquiera; es un partido que goza de los derechos y de los honores de la beligerancia; el anarquista está en posesión de todos los derechos individuales que la Ley otorga a los demás ciudadanos.

Y no se crea que es esto sólo un predominio de hecho, una práctica abusiva, porque lo que aquí sobre todo espanta es ver que es la fuerza de la lógica, sacando las consecuencias de los principios.

Lo que pasma y justamente descorazona es la serenidad y aplomo con que, a raíz de una salvajada anarquista y cuando todavía humea Ja sangre de las víctimas, se autoriza la celebración del mitin anarquista y se da libre curso a la propaganda. Y que luego, cuando se lo ponen en cargo a la autoridad, se la oiga contestar que no puede ser de otra manera, porque
  1. Véase Razón y Fe: «La libertad de imprenta y la legalidad vigente de España», Enero 1904, pág. 22.