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De Iturriak
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VENANCIO MINTEGUIAGA

Es verdad que la predominante en sus aficiones era la jurídica, y con sus principios y sus reglas hacía la aplicación a multitud de problemas de actualidad, de los que él tanto se ocupó.

Y aquí, que es donde la mayoría de los publicistas incurren en el defecto de cansar y aburrir al lector, bien por la obscuridad del concepto o por la inacabable enumeración de citas, el P. Minteguiaga se deja leer con interés, con un interés crescendo, desde la primera a la última página.

Dependía esto de la claridad y, en momentos, de la agilidad en su estilo. Podían compararse sus estudios todos, con la misma superioridad con que se compara un hombre genial de la Edad Media con otro hombre genial de la Grecia clásica, o la insensibilidad de los emperadores romanos. Si no era armonioso, era cristalino y reluciente. Si no era grandilocuente, era profundo como el pensamiento de un filósofo de la antigüedad.

El P. Minteguiaga, en otro ambiente, en otro medio que no hubiese sido el español, hubiese brillado, difundiéndose. Las ediciones de sus libros se hubiesen agotado, por numerosas que hubiesen sido sus tiradas. Bien es verdad también que, debido a las luchas que se han enconado con verdadero furor en estos últimos tiempos de ideologismo radical e idealismo católico, sus artículos despertaron tan grande interés como avidez en su lectura. Y así como Michelet en su «Historia de Francia», refiriéndose al estado general de la mentalidad y sociedad francesa en la Edad Media, dice: «Nosotros podemos enorgullecernos de tanto progreso realizado, y, sin embargo, el corazón se achica y entristece cuando ve que en todo ese progreso de cosas no ha aumentado la fuerza moral», nosotros también podemos decir que, siendo nuestra fuerza moral de una in-