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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

tensidad tan honda que por sí sola basta para llevar a cabo empresas bien trascendentales, no está, sin embargo, lo suficientemente encauzada, educada, refinada, como para llegar a la difusión y encarnación de las doctrinas, teorías y principios sustentados por el P. Minteguiaga en sus numerosos estudios.

Cuando las luchas por el ideal preconizaban en Francia días de peligro y de luto para las rectas conciencias, apareció un hombre como Montalembert, campeón insigne de la verdad¡ Montalembert no quedó solo) ni su acción fué individual. En correspondencia con Lacordaire, con Lammenais, con O'Connell, con Mickiewich, con Dupanloup, con Veuillot, ejerció una acción formidable y organizó núcleos de ciudadanos defensores de la religión en Francia y fuera de ella. Pero Montalembert iha acompañado en sus escritos por media nación que le seguía y le comentaba; por media nación que puede decirse alentaba a compás de sus latidos y, sin llegar a los furores democráticos de Veuillot, según frase de Julio Lemaitre, llegó a arrastrar tras de sí el estado entero de una conciencia nacional.

¿Por qué esto? ¿Por la gran figura de publicista y orador de Montalembert?

Evidente. Pero también por la educación; por esa educación 4ue identifica y compenetra las almas en el mismo ideal, en el mismo credo, en idéntica fe. Esto falta en España. La educación, que no se adquiere más que por la propaganda, de la conciencia colectiva. Si así estuviésemos, y si así fuese, sin llegar a ser gran orador el P. Minteguiaga, pero sí un gran publicista, sus escritos difundidos debieron haber estado ya en el corazón de todo un pueblo, agotadas sus ediciones y conocido su nombre, tanto por lo menos como el himno más popular.