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De Iturriak
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VENANCIO MINTEGUIAGA

De él bien puede decirse: fué todo un corazón. Veía nuestra sociedad envuelta en un caos de ideologismo extranjero, que poco a poco enfermaba las inteligencias y los corazones de los ciudadanos. Y él, sin mirar a más, proponiéndose inculcar y difundir el idealismo salvador que emanaba del Evangelio, lo extendió en sus publicaciones, cual si fuera el benemérito enfermero que con bálsamos y óleos suaves iba a purificar y curar las llagas profundas de esta sociedad, enferma en sus órganos más delicados.

Más de una vez me recordó el P. Minteguiaga a Ozanam, al insigne Ozanam, porque Minteguiaga, como el publicista y apóstol francés, ejercía el magisterio. Y Minteguiaga, como Ozanam, era bueno, era sabio, era apóstol. El publicista francés llegó a raíz de los horrores de la Revolución. El español, cuando en su nación se tocaban las consecuencias de aquella Revolución, para la que no hubo fronteras.

Minteguiaga no enseñaba en párrafos elocuentes lo que se proponía demostrar, sino en un lenguaje claro y sencillo. Pero si a primera vista creemos y decimos que no fué elocuente, al recapacitar unos momentos diremos que sí. Su enseñanza, su doctrina, fué elocuente, como puede ser elocuente la oración de un parlamentario, o el informe de un letrado defendiendo al reo. Lo que no hubo en toda la producción del P. Minteguiaga fué retórica. Eso no. Pero como la elocuencia no está nunca en las palabras y sí siempre en Jos~ afectos, aquí tenéis la razón del por qué el P. Minteguiaga fué elocuente, elocuentísimo.

Sus publicaciones, sus escritos, respondían siempre a la abundancia de su corazón, al calor intenso de sus sentimientos. Era filósofo del corazón a la inteligencia y de ésta a sus escritos. Sus palabras delataban siempre a