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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

la emoción de su espíritu. Se transformaban con el sello del apostolado, porque había en ellas esa virtualidad que sólo el calor del corazón les otorga e imprime.

No basta tener talento. Sin el corazón, las producciones y Jos pensamientos se asemejan a figuras de cera, sin vida y sin movimiento. Un insigne gobernante D. Antonio Maura -lo ha dicho: «Hay que buscar en la tarea de instruir algo que es del espíritu, que es del sentimiento. Los mejores pedagogos han sido los hombres de corazón»· En el escéptico no hay afectos, no hay sentimientos; por lo tanto, no hay corazón. Todo lo cubre con la ironía, con la frialdad. frialdad que tanto hiela las almas como los cuerpos.

Los escritos del P. Minteguiaga, por lo mismo que obedecían siempre a la grandeza de su espíritu, sobrepasaban los términos vulgares de las definiciones, los análisis fríos, las proporciones objetivas. Hay en todas sus producciones dos grandes fundarryentos inseparables a su modalidad en el pensamiento. Son Ciencia y Amor. Los dos inseparables también a su carácter. Y en conjunto. El triunfo de lo sentido, de lo cordial, sobre lo abstracto, lo ideológico, lo puramente doctrinario.

Claro es que en toda su obra campea y existe una trabazón filosófica constitutiva del fundamento de aquélla. Pero es como en un edificio de proporciones arquitectónicas la base de sustentación que, en lugar de ocultar y destruir la obra del artista, la consolida. Pero sin quedar oscurecida la línea y la belleza del ideal artístico. Antes bien, resaltándola y haciéndola triunfar hasta en los más delicados contrastes.

La dulzura en su decir; la claridad en su exponer, sin ser extremadamente literaria, atrajo en rededor de sus escritos un núcleo extraordinario de lectores. Todo su sistema parece que constituye una viva compenetra-