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De Iturriak
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VENANCIO MINTEGUIAGA

ción del ideal cristiano, que es un ideal de amor, así como el pagano es un ideal de egoísmo, con su mismo carácter, con su mismo pensamiento. Y ahora precisamente que en nombre de la ciencia se cometen los ma-yores crímenes y las más estupendas aberraciones del pensamiento, ahora que una locura colectiva sustituye al orden, la reflexión y la moral, los escritos y las obras del P. Minteguiaga aparecen como bañados por aquella serena hermosura que, llegando a las mismas raíces del orden psicológico y moral, sugiere a las almas un conjunto de meditaciones, capaces por sí solas de disciplinar la más obstinada rebeldía.

Hemos dicho que no basta tener talento. El talento es la base, es el principio. El talento y el corazón deben cultivarse. ¿Cómo? ¿De qué manera? Aquí está, precisamente, aquí está la eterna cuestión de la formación de las inteligencias. De un talento más o menos formado, mejor o peor formado, puede surgir un genio o una gran calamidad. Nada hay más peligroso en la sociedad que los talentos mal formados o a medio formar. Un talento a medio formar, si no llega adonde él sospecha debe llegar por lo que supone tiene títulos bastantes, o es un descontento de la sociedad o un renegado.

Las consecuencias del anarquismo, que tan admirablemente nos pinta el P. Minteguiaga, obedecen y surgen, en gran número de ocasiones, de los talentos a medio formar. Aparejadas a ese medio-talento, por decirlo así, han ido la soberbia, la ambición y ia falta de fe. ¿Por qué ellos no suben adonde han subido ya otros vulgarotes y zafios? De inteligencias que piensan así están plagadas las filas del ejército anarquista. Ahí tenéis las consecuencias de un talento mal formado.

Nada vamos a oponer a la cultura del P. Minteguiaga. Era vastísima y sobre extensa, sólida y escogida. Auto-