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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

la vez en estos libros de sano criterio. No sabemos si la ausencia del espíritu anarquizante; no sabemos si la ausencia de la mentira insustancial y atrevida, de la que tan plagados están los libros que a menudo vernos en los escaparates de las librerías; es el caso que al refrescar nuestra memoria con el rocío matinal de verdades tan bien dichas, una brisa agradable de bienestar y de vida· acaricia nuestros rostros e invade nuestras almas, como algo luminoso y alegre. Y es que nada hay que consuele, ni que convenza, ni que tranquilice, ni que persuada, ni que atraiga ni que alegre tanto el alma de un creyente, como las verdades y doctrinas, tan claramente expuestas como las que el P. Minteguiaga expone en sus libros y en sus trabajos todos.

La claridad en el pensamiento, como la luz en el lienzo, son condiciones características de los artistas, que como frutos sazonados hacen brotar delicadamente de sus plumas y de sus pinceles. Por esto, esas cualidades son los secretos de las almas escogidas por Dios para que sirvan de admiración y ejemplo a la Humanidad.

Todos los escritores de la Compañía de Jesús, comenzando desde sus teólogos y filósofos, y terminando con los publicistas del día, se distinguen, salvo raras excepciones, por su claridad en el lenguaje. Desde el P. Suárez, con sus inmortales infolios sobre la Virgen; Rivadeneyra en su «Vida de San Ignacio de Loyola», La Puente en sus «Meditaciones»; Astrain en su «Historia de la Compañía de Jesús»; Urraburu en sus profundas obras filosóficas; el inmortal Coloma en sus novelas, y terminando con los asiduos colaboradores de las muy notables y autorizadas revistas Razón y Fe y El Mensajero del Corazón de Jesús, como Villada, Vallado, Pérez, Aicardo, Ruiz Amado, el célebre P. Vilariño y el autor de «Genialidades», P. Alarcón (Saj) y otros muchos, por