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De Iturriak
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VENANCIO MINTEGUIAGA

no hacer interminable la lista, son claros y precisos en su lenguaje, con la misma claridad de la transparencia de un cristal de roca.

El P. Minteguiaga, además de su profundidad, era clarísimo en su lenguaje; y exteriorizaba su pensamiento en el papel con la misma sencillez y claridad con que le oímos en su conversación. Teniendo en cuenta siempre que el P. Minteguiaga era tan parco en sus palabras, que las que hablaba en su lenguaje familiar sobre un tema cualquiera, había de escuchársele e interpretársele con las mismas palabras y construcción que él daba a la frase y a la oración. Era preciso en su lenguaje algunas veces hasta la exageración; pero no si se tiene en cuenta que antes de hablar meditaba con verdadera profundidad lo que iba a decir.

Si en sus escritos se notan a veces giros no del todo castizos, no serán debidos a Ja falta del dominio en el lenguaje, sino a motivos ajenos al lenguaje, y sí en cambio inherentes a la terminología doctrinal y científica. ¡Cuántas veces le recordamos con aquella alma ingenua hasta lo indecible; con aquel rostro que delataba toda una conciencia serena, tranquila, llena de paz! Era el P. Minteguiaga uno de aquellos varones tan impregnados de bondad que sólo el espíritu de caridad y santidad que reina en la Compañía de Jesús era capaz de comprenderlo. En aquella tranquilidad del monumental edificio de Deusto; en aquella huerta tan celosamente cultivada por hermanos de la Compañía; entre aquellos infolios, libros y volúmenes sin cuento de la biblioteca, era donde se encontraba el marco adecuado para el P. Minteguiaga; donde nada había que pudiese entorpecerle, ni menos dañarle en sus largas y profundas meditaciones filosóficas.

Fué gloria de la Compañía de Jesús y gloria de su