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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

raza. Pues en medio de tantas calamidades intelectuales que pasan todos los días ante nuestros ojos, enfatuados y suficientes, orgullosos que desdeñan a diario prestigios sólidos, e inteligencias firmes; en medio de tanto malsano error, que intoxicando los cuerpos van envenenando las almas, da consuelo y alegría a nuestro espíritu la contemplación de seres cuyas producciones son como la sal de la tierra donde nacieron, según frase de Carlyle; solitarios insignes de cuya savia vivificadora, se alimenta el espíritu y la verdad de toda una raza.

No caminó mucho por el mundo el P. Minteguiaga. No fué a las misiones; ni Dios le llamó al otro lado de los mares a predicar con su palabra la luz del Evangelio; pero dentro de este gran marco de la nación española -y digo gran marco porque lo considero grande para recorrerlo minuciosamente en obras de patriotismo- desarrolló sus virtudes, aplicando a sus numerosas producciones el espíritu vivificador del catolicismo.

Estos hombres, estos varones de un mérito verdaderamente insigne, son los que llaman la atención de mi alma. Encorvados y enjutos a fuerza de vigilias, de estudios continuados, de trabajo, en fin, que lo dan a la patria1 forman todo un conjunto de gallardas energías.

De estos ejemplares también los hay en el mundo. Pero cuesta más encontrarlos. Donde abundan es en la Religión. En esas Congregacíones de hombres y mujeres, tan sañudamente combatidas y que, sin embargo, son las almas y cerebros fundamentales que con sus obras consolidan la sociedad, la familia, el hombre, el género humano, en una palabra.

Cada vez que yo entro en los pasíllos, en las celdas, en las salas de estudio, en las bibliotecas de una comunidad religiosa, y veo, y contemplo a esos varones, graves sin afectación; austeros sin el menor alarde; ama-