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De Iturriak
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JOSÉ JUAN SANTESTEBAN

para que su eco repercuta en esas lejanías de la vulgaridad y la mayoría, pero sí por lo menos entre los escogidos, los corazones sensibles, los artistas.

Estamos tan embebidos en nuestros negocios materiales; formarnos un sentido tan bajo de la vida, que ni siquiera sabemos sentir el placer de vivirla. Por esto nos desagrada la vida del espíritu, que es la vida del bienestar y del reposo; y por eso mismo precisamente olvidamos demasiado pronto a los que supieron noble y desinteresadamente sentirla y vivirla.

Pero si no los queremos recordar por ellos, recordémosles por la obra y el arte que hicieron, por la obra y el arte que en esta vida supieron· mantener. Siquiera en ello tendremos por lo menos el sentido del buen gusto, que no ha de ser siempre utilitario, ni ramplón, ni egoísta, sino espiritual y sutil como el hilo transparente de las aguas puras de una fontana.

Suponed, sin embargo, que yo me halle equivocado; suponed que debemos olvidar a los que en buena hora se regalaron con la vida del espíritui pero ¿creéis que sin los que fomentaron las raíces de esa vida del espiritu podríamos vivir? ¿Creéis que existiríamos en felicidad olvidando a aquellos que nos hicitron sentir y vivir nuestro paisaje, sentir y vivir la perspectiva de nuestras montañas, sentir y vivir el encanto suave y melodioso del murmurio de nuestros arroyos, sentir y vivir el verdor perpetuo de nuestros prados, sentir y vivir todo nuestro pueblo con sus pasiones, su fuerza, su virilidad y las páginas todas de su historia patria?

¡Ay, engaño y seducción estupendos! ¡Cuán pronto caeríamos en el agotamiento y en la nada!

La vida del espíritu y el recuerdo santo y venerado de los que se renovaron siempre con ella, debe merecer nuestra más viva exaltación hacia su memoria bendita.