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De Iturriak
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JOSÉ MANTEROLA

servaciones de orden filológico, ¿no es evidente que con ello aumenta el valor literario, histórico y poético del «Cancionero»?

Sensible es que desde aquella fecha hasta hoy, si bien es verdad que apenas hemos contado con alta poesía euskara, no se haya publicado un nuevo cancionero, una nueva colección de poesías reveladoras del alma de nuestra raza. Seguramente los que creen o afirman que Manterola pecó de excesivamente benévolo en la admisión de poesías, tendrían en la nueva obra un nuevo motivo de exteriorizar sus sentimientos patrióticos y toda la estima y cariño que sienten por la patria en que balbucearon sus primeras oraciones. Pero se nos antoja que son muy pocas las almas patriotas que existen hoy cual la de Manterola, para llevar a cabo obras de tal trascendencia como la de su «Cancionero» y el resto de las producciones de aquel insigne e inolvidable donostiarra.

Y no haríamos mal serguramente extendiéndonos en más consideraciones sobre este tema del patriotismo, del verdadero patriotismo, tema siempre viejo y siempre nuevo, aunque fatalmente no podamos hacerlo por los límites a que hemos de reducir nuestro trabajo. Pero la patria abandonada en aquello que de más íntimo y sustancial tiene, que es el alma misma de su personalidad y de su raza, clama en momentos, con acentos vigorosos de indignación, aunque ellos se pierdan en lontananza como la voz que se pregona en el desierto, por muy sabia, muy elocuente y digna que sea la palabra.

No era sociedad corrompida, ni menos todavía afeminada la que existió en Guipúzcoa en los momentos históricos en que el «Cancionero», se publicaba; era sociedad austera, vigorosa y fuerte como el hierro de sus montañas la que vivió la vida guipuzcoana. Y, sin em-