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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

muchas de ellas para la misma, tomaba parte en comparsas y demás funciones musicales que en la Bella Easo se celebraban, llegando a ser, como antes lo decíamos, el factor indispensable en todo cuanto se relacionaba con la música. Modelo de ciudadanos y de hijos, su corazón noble y generoso, abierto a todos los buenos actos, contribuyó en la medida de sus fuerzas, dando lecciones de solfeo y piano, al sostenimiento de su madre, que, como su familia, quedó en el mayor desamparo en el horroroso saqueo e incendio de San Sebastián.

Parecía haber llegado el momento de que Santesteban, por sus méritos y por su valer, pudiese disfrutar de una posición más desahogada que la que en realidad tenía, y la muerte de D. Julián Salcedo, organista que fué nombrado a raíz de la muerte de Albéniz, decidió su situación. Era entonces el año de 1834. El Excmo. Ayuntamiento de San Sebastián, viendo, no sólo las aptitudes extraordinarias de Santesteban, sino también los servicios que había prestado a la cultura musical, por unanimidad confirióle la plaza de Maestro de Capilla y organista de la parroquia de Santa María, cargos que al poco tiempo le fueron confirmados por el mismo Ayuntamiento en propiedad y sin que por parte del interesado mediara petición alguna. Y aquí comienza la vida activísima, incansable de Santesteban.

Le ocurrió a Santesteban lo contrario que pasa a la mayoría de los músicos y pretendientes a plazas. Que mientras dura la petición trabajan por pura necesidad hasta conseguirla, pero cuando ya han llegado adonde deseaban, duermen en los laureles y apenas dan señales de vida, más que de Pascuas a Ramos, como vulgarmente se dice. Santesteban 110 fué de éstos. Trabajó incesantemente y con verdadera fe de apóstol desde que se hizo cargo de la Capilla de Santa María.