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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

por lo tanto, ni por su industria, su comercio, su vida progresiva, ni menos por el arte ni la cultura.

Precisamente, muchas de las familias que velaban por la educación de sus hijos, y porque el peligro de San Sebastián llegó en momentos a ser muy serio, emigraron a la frontera, hasta el año de 1839, que con la paz vino de nuevo la era de tranquilidad y desarrollo de la Ciudad donostiarra.

Si hasta la primera guerra civil San Sebastián sintió el espíritu progresivo de cada época, sin alardes de ideas avanzadas, ni menos revolucionarias, desde el final de aquélla acentuóse cada día con mayor ardimento la nota y ambientes anticarlistas.

Era, sin embargo, San Sebastián pueblo de creencias arraigadas, como lo prueba la multitud de conventos que dentro del casco de la población existían; sus hermosas iglesias; las solemnísimas funciones que en ellas se celebraban; su culto, verdaderamente esplendoroso para lo reducido de su población y la tolerancia, en general, de sus habitantes.

Si hubo notas discordantes en el transcurso de la vida del siglo XIX, son casos sueltos, en los que imperó más que el odio, el espíritu de bandos políticos que todo lo dividen y todo lo emponzoñan.

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No pasó aquella época de los aiios 1825 al 39 ociosa para Sanlesteban. Siguió componiendo y mejorando la Capilla, hasta que terminada la guerra civil y vueltos los emigrados, constituyó la Sociedad Filarmónica con lo más selecto de la juventud donostiarra.

Nombrado Santesteban por unanimidad director le dió gran impulso, y puede decirse que el arte musical moderno de San Sebastián se fundamenta y crece desde