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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

bargo, no alcanzó a justipreciar el alcance y trascendencia que la obra de Manterola tenía; no llegó a sospechar siquiera que cuando los niños de las escuelas, en sus primeras lecturas, aprendiesen y cantasen lo que cantaron sus abuelos y sus mayores, aquellos niños harían vibrar más tarde en sus corazones la llama generosa y ardiente del patriotismo y amor a su madre; no sospecharon que nada hay más fecundo en hechos heroicos, en hechos salvadores, como el culto ardoroso a la patria donde nacieron. Y hoy el «Cancionero Basco» recopilado por Manterola, en lugar de saborearlo y cantarlo, enalteciéndolo, los hijos todos de madres euskaldunas, yace en el más lamentable de los olvidos, empolvados los tomos en las bibliotecas públicas y particulares, olvidado por grandes y olvidado por chicos.

Olvidado el sentimiento más íntimo; olvidado el culto que se debe a lo que niarca y define el amor más grande y el amor más puro, que es el amor a una madre, y el cariño de esa madre, nadie podrá exigir más tarde, ni ahora, ni luego, ni nunca, que se trueque ese amor y se robustezca ensanchándolo en el culto a la gran madre, que es la patria, la sangre de nuestra sangre, vida de nuestra vida, cunas, cielos y sepulturas. Y se olvida cuando no se adultera- el culto a la patria, al no educar los ciudadanos desde la niñez con aquellas saludables enseñanzas cuyo principio vivificacior emana del sentimiento más íntimo de la patria.

Leer el cancionero de Manterola es escuchar las palpitaciones de un amor puro quintaesenciado en los versos de Vilinch; admirar la raza ennoblecida en las estrofas de Arzác; la suavidad y la dulzura en las composiciones de Elizamhuru; el sentimiento evocador tierno y sugestivo en los cantos de lparraguirre; el humorismo y la gracia espontánea en la inspiración de José Vicente