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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

yeron a exteriorizar aquel sano humorismo del que siempre hacía gala San Sebastián. Todos los años componía tres. Un responsorio en latín. Un villancico en castellano y otro en bascuence, con cantos populares, una especie de fantasía con tres o cuatro cantos del país.

Había villancico cuyo motivo se basaba nada menos que en un episodio de la guerra civil, pero Santesteban lo componía con tal gracia y humorismo y hasta con talento, que cuando se cantaban en la parroquia de Santa María, el pueblo entero de San Sebastián acudía a escucharlos.

El año de 1840 fué también a oir el último concierto que Rubini dió en Bayona, a beneficio de los pobres de aquella ciudad. El mismo año compuso la misa núm. 10 y los famosos Misereres núms. 6 y 7, que durante largos años se han ido tocando en la parroquia de Santa María los Jueves y Viernes Santos. El último de estos Misereres es el que todavía continúa cantándose por la misma época. Las dos composiciones son dos sentidas páginas de música religiosa; más sentida y mejor hecha la última, de marcado carácter religioso.

El año 1841 fué cuando compuso la misa núm. 11, un nuevo Miserere, cuatro novenas y arregló un caudal enorme de piezas para música militar y para los conciertos que con alguna frecuencia comenzaron a darse en San Sebastián.

Fatal año fué, en cambio, para Santesteban el de 1842, que perdió a la compañera de su vida, a su idolatrada esposa, con quien siempre compartió las amarguras, alegrías y vicisitudes de esta vida.

Quedóse viudo a los 33 años con dos hijas y dos hijos. El terrible golpe de aquella pérdida irreparable para Santcsteban parecía terminar con aquel humorismo e inspiración suyas, cuando aquel infatigable espíritu no