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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

amistad que él más estimaba y de la que sacó grandes enseñanzas para su porvenir artístico, fué la del director de orquesta del Conservatorio y de la Gran Opera, Habeneck.

Gracias a la amabilidad con que acogió a Santesteban este eminente profesor y las facilidades que le dió para cuanto deseaba, pudo obtener entrada gratuita durante el tiempo que duraron los conciertos dominicales que se ejecutaban a las dos de la tarde, y donde se ejecutaban las sinfonías de Beethoven, Mozart, Haydn y demás autores clásicos, por los mejores profesores de Europa.

Era precisamente aquella época en que el arte musical resplandecía en París con inusitado esplendor. De todo el mundo acudían artistas, aficionados y profanos; los unos a aprender y los otros a recrearse en los goces del espíritu que imprime la interpretación maestra de los más insignes compositores. París e Italia, por no decir París y Roma, porque en Italia también se escuchaba buena música fuera de la capital, eran el sueño dorado de Santesteban. Y lo iba consiguiendo.

En París, no solamente estudió prácticamente la música clásica, sino que llegó a tener varias conferencias y conversaciones con el citado Habeneck sobre la dirección de orquesta. Santesteban se impuso en París la tarea de copiar todos los dias una hora música clásica para instrumental en el archivo del Conservatorio. También escuchó en los conciertos del Conservatorio coros de cantos clásicos interpretados por los mejores cantantes que entonces existían en París, entre los que se encontraba Duprez. Allí pudo notar Santesteban, con su espíritu observador, que la parte instrumental estaba a una altura bastante mayor que la parte de canto. La observación de Santesteban fué tan certera, que precisa-