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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Borbónica de Nápoles y le entregaron el diploma firmado por su Presidente, el Rey Francisco 11. Entretanto, sus amigos de viaje se despidieron para otras poblaciones, y como Santesteban solo quedábase algo triste, el monje P. Coderque le hacía compañía, alegrándole en los momentos algún tanto melancólicos de Santesteban.

Allí conoció al anciano Crescentini, maestro de canto de Rubini, y a los profesores de armonía y contrapunto, los señores Ruggi, discípulo del Convento de Monserrat, Paviggi, Forino y otras muchas celebridades.

Copió muchísima música de distintas épocas y estudió a su vez el modo de escribir y el de instrumentar de los mismos autores. No perdió el tiempo Santesteban en Nápoles, porque no solamente aprovechó cuantos elementos y facilidades le dieron en los Conservatorios, sino que aun fuera de esos centros de instrucción musical tuvo ocasión de oir durante varios días cantos y funciones de las Continuas adoratrices, en las cuales cantaban trozos de música de Meycrbeef, Mercadante, Rossini, Donizetti y otros autores, todos de gran reputación musical.

La amistad de D. Francisco Lanza, un señor que regentaba la clase de piano del Conservatorio, sirvió a Santesteban para oir las lecciones que ejecutaban sus discípulos y darse cuenta exacta de su método de enseñanza. En su afán de aprovechar lo mejor que podía aquel viaje, quiso estudiar también y saber las obras que existían en el archivo del Conservatorio de Nápoles, que, al decir de Santesteban, era entonces uno de los más ricos y variados del mundo; pero la coincidencia de haberse desplomado una gran parte del techo hizo que sólo pudiese ver parte de aquel archivo.

Hízose también amigo del director de la clase de clarinete, Sr. Sebastiano, que dió la coincidencia de ha-