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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

aria final de Lucia, acompailado por Santesteban, y, al decir de éste, el joven aficionado lo hizo con un vigor y expresión indecibles. Así continuaron maestro y aficionado cantando trozos del Lombardo, de Verdi, varios dúos de compositores italianos, hasta que ya llegó muy entrada la noche. Sabedor Santesteban de que a la una de la madrugada iban a tocar en la casa de conciertos de Liorna el «Stabat Mater» de Rossini1 acudió presuroso a escucharlo.

Lo que más admiró Santesteban allí fué la disposición magistral de la sala, que, al parecer, tenía condiciones acústicas de primer orden. En cambio, no le sedujo tanto ni la pieza musical ni la ejecución que allí le dieron. Parecióle a Santesteban música excesivamente profana, aunque con alguno que otro trozo de carácter religioso.

La segunda parte -decía Santesteban- no tiene más de notable que el anteúltimo trozo de solo, el cuarteto, con alguno que otro trozo de clarinete. Este trozo es de un efecto delicioso, y lo cantaron muy bien y les hicieron repetir. Hay también una especie de aria coreada de tiple, que en una ópera no estaría mal; el final quiere ser una fuga.

Este trozo -continúa Santesteban- me hizo muy mal efecto, porque ejecutado por aquel coro, sin ningún claro y oscuro, hacía el efecto más fastidioso que se puede imaginar. Deseando estuve que lo acabaran. Desgraciadamente, era largo el tal final. La ejecución no fué del todo muy mala. Faltábale a aquella orquesta el vigor y firmeza que sólo se encuentran en las orquestas de París, y el colorido, particularmente en los instrumentos de viento.

Fué esta la única nota de importancia que puede darse de Santesteban durante su estancia en Liorna.