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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

que me hizo mala impresión el célebre Rossini la primera vez que le vi; tenía mi imaginación formada una idea tan elevada hasta de su físico, que al ver en él un hombre con el sombrero para atrás¡ una casaca a la antigua, unos pantalones caídos, con un paso de patán, y una cara de bobo, que no dice nada, se me fué el alma a los pies; más de media hora fuí siguiendo sus pasos por la acera opuesta, mirándole con atención por ver si encontraba en él alguna señal física que indicase su gran genio; nada; cada vez le encontraba más patán y más vulgar. En mi vida he llevado mayor chasco que este de la figura de Rossini.»

No obstante, cuando Laureani le presentó en el salón de la Secretaría del Conservatorio, Rossini recibió a Santesteban con extraordinaria amabilidad, preguntándole con mucho interés por el Sr. Albéniz, maestro de Santestebani y por las costumbres y arte musical del país de este último. La conversación fué muy entretenida e interesante durante largo rato, a cuyo final Santesteban en-tregó al inmortal compositor italiano un zortziko, compuesto expresamente para Rossini; presente que a Rossini agradó sobremanera. Santesteban visitó también la finca y jardines que en Bologna poseía Rossini; quiso continuar la primera charla con él, pero era tal la llamada continua que de artistas tenía, que le fué imposible a Santesteban hablar tranquilamente como eran sus deseos.

Como ya el músico donostiarra necesitaba marchar a Milán, tuvo que despedirse de Rossini, que a su vez sintió mucho no poder compartir por más tiempo con Santesteban. En prueba del interés y del cariño con que Rossini le distinguió a Santesteban durante su estancia en Bologna, entrególe al despedirse una carta de recomendación para el tenor Passini, que entonces se hallaba en Milán.