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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

cultura, de personalidad euskara, y sabiendo como sabía que la obra ideada por él, suponía en aquellos tiempos de negligencia patria un sacrificio enorme y hasta una impopularidad suicida, pasó por todo ello, sin embargo. Y en su obra de restauración patria siguió el camino que años antes se trazara. Demostró con esto: primero, que era un carácter, y segundo, que amaba idolátricamente a su pais. No tocó, sin embargo, la parte política. Ciñó su labor a la puramente literaria.

Si Manterola hubiese sido político; si el ardoroso patriotismo que él sentía, en lugar literalizarlo lo hubiese cristalizado en un ideal político, es seguro que la patria, suicida en algunos momentos históricos, hubiese comprendido la enormidad de su indiferencia. Mn1terola se hubiese erguido con serenidad helénica, y aquella compenetración inhert.'nle que surge entre el pueblo y el apóstol que da su vida por la idea salvadora de aquel pueblo, resaltaria por encima de la masa congelada, y la converliria en pasión, en vida, en sangre, en fuerla propulsora de algo intensamente ideal.

Pero no fué así. Manterola, desde el punto de partida hasta el punto de llegada tendió una ilación personal. Esa ilación caracteriza el amor por la raza. Y ese arnor por la raza, en un sentido altamente social y literario. Así también, con un pensamiento ya definido al terminar la publicación del «Cancionero Basco», reunió a todos los escritores más relevantes del país, fundó la revista más importante del pais con el simpático nombre de Euskal-Erria, y el mes de Julio de 1880 salía a luz su primer número con una brillante pléyade de escritores y publicistas: Antoine d'Abbadie, Severo Aguirre-Miramón, M A. de Antía, el P. Arana, Vicente Arana, J. V. Araquistain, Felipe Arrese y Beitia, Ramón Artola, Azcue, Serafin Baroja, el Principe Luis Luciano Bona-