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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

mente puede compararse con la de los caudillos o guerreros más idolatrados por el pueblo, que la Historia nos señala.

Nacido, como hemos dicho, en San Sebastián y educado en Europa, la atracción que los encantos de esta última le produjeran jamás fueron lo suficiente ni tuvieron en él fuerza bastante para abandonar su pueblo y las demandas de ese mismo pueblo. Terminada la carrera, puede decirse que se encerró en San Sebastián, dedicándose, solo, silenciosamente, a un arte puro, bello, que ha sido el fundamento del arte de las demás generaciones. Estaba su. pensamiento nutrido de las lecciones y andanzas que por París e Italia realizó, pero su corazón es el que estaba aún más pletórico de amor, de sentimiento, de bondad, de afectos puros, purísimos, por el ideal y la belleza.

Estos afectos dieron a sus producciones toda aquella inspiración tan sutil y delicada que solamente es casi siempre patrimonio de los grandes artistas; de tal manera que otro temperamento que no fuese Santesteban, saltando y renegando de su patria, habría renegado de vivirla y recordarla.

Al revés de Santesteban, para quien San Sebastián tuvo siempre el atractivo de algo místico y eterno, a manera de esas estatuas y mausoleos de las catedrales e iglesias que con sus luces y sus miradas nos conducen a un mundo de recuerdos y añoranzas. En San Sebastián pasó Santesteban toda una vida, que fué vida de dos generaciones, vida de una asombrosa fecundación espiritual, a cuya cabeza figuró siempre él, con la voz y el pensamiento de un gran maestro.

Era entonces el pueblo donostiarra algo como una ciudadela donde, recogida Ja vida material y la vida del espíritu, el vigor moderno aun no había penetrado con