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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

daban por cantar sacaba el hilo de toda una composición bellísima; y así sucedía que algunas veces se le encontraba atento y pensativo ante la expresión del se ntimiento de un niño.

En cierto modo, Santcsteban era el genio que, abandonando hasta las reglas de composición y de técnica, dejábase guiar por sus afectos, por sus mismos sentimientos, hasta el extremo de romper los diques que aquellas reglas le imponían. Jamás se negó a hacer música. Fuese una misa, un zortziko o una contradanza, a los pocos momentos de habérselo encargado lo presentaba ya escrito.

Lo que ocurre muy a menudo en la vida es que cuando vamos a hablar, analizar o discutir la obra de algún hombre, y hasta al hombre mismo, necesitamos llevar en nosotros los prejuicios de la crítica exterior, lo que dicen de esa obra o ese hombre nuestros amigos, nuestros compañeros, y acaso los mismos prejuicios de esos amigos y esos compañeros. Y entonces, la crítica y el juicio sereno y verdadero se hace, por lo general, a través de lo que se habla y no a través de la diafanidad intrínseca de la obra. Por eso la obra de Santesteban no está analizada ni estimada como debiera serlo. Y estoy por decir que ni aun conocida.

Produjo mucho, como ya lo hemos dicho en su estudio, y, comprendiendo desde su adolescencia que las reglas no bastan para producir la belleza, sino para encauzarla, supo, sin embargo, hacer buen uso de ellas después de sus viajes por París e Italia.

No era, sin emhargo, todavía, mientras él vivió, San Sebastián población donde la labor de Santesteban pudiera haber trascendido aún a regionas más elevadas. Le faltaba el ambiente; le faltaba el conjunto.

Santesteban, puede decirse que siempre estuvo solo,