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De Iturriak
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JOSÉ JUAN SANTESTEBAN

y solo hizo arte y belleza. Nunca le importó lo superficial ni el aparato; ni buscó jamás el aplauso del público; ni marchó por derroteros que pudieran obligarle a hacer del arte algo grotesco o chocarrero. Podrá tener defectos su obra, pero vulgaridad ni ramplonería no las tiene.

Aun en sus páginas más sencillas y menos inspiradas, se ve siempre un algo de sutil y de nervio artístico que le eleva a un nivel fuera de lo ordinario.

Su música religiosa podrá no ser en algunos trozos todo lo profundamente religiosa que se requiere, pero tampoco es teatral ni profanamente grotesca. Y, sobre todo, nos dice siempre algo; nos habla al corazón y a la inteligencia. No son sus páginas tampoco apasionadas, ni vehementes, ni sublimes, ni arrobadoras; ni hay gran ruido de arcos a toda presión, ni tambores, ni bombos estrepitosos, que en muchos compositores pa- rece ser hoy esto del ruido casi indispensable. Pero hay, en cambio, esa serenidad y esa compenetración tan íntima con el asunto objeto de la música, que no parece sino que el talento de Santesteban ponía en las notas del pentágrama las esencias de sus sentimientos, realzados con el coiorido y la suave expresión de la música religiosa y de la música basca.

Y esa suavidad, que no es ni con mucho la vaguedad del misterio¡ esa calma, que no es la impersonalidad, sino el buen sentido en la composición, precursora casi siempre de la sana y tranquila emoción, son las características de la música religiosa de Santesteban. No hay hombre sin debilidades, ni tampoco compositor musical, ni artista sin defectos; pero los rasgos musicales de Santesteban son tan geniales, sus vestiduras de colores tan puros, que ellas, por sí solas, constituyen un pendón glorioso de su vida.

Tomad una obra de Santesteban. Veréis que sus