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De Iturriak
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JOSÉ JUAN SANTESTEBAN

que produce el efecto de una enorme y tremenda cantera. Y en lugar de concentrar en su alma y en su esencia toda la esencia y alma de un ideal lleno de vida, de color, de pasión, de juventud, de alegría, describen páginas que crispan los nervios y arrancan aquella paz serena y tranquila que lleva a las inteligencias y corazones trozos de arte verdadero, que es el arte de la misma vida.

Era poético el temperamento de Santesteban, y esa misma poesía íntima suya, llevada al pentágrama, hacía aquella compenetración de su arte con el ritmo del arte italiano, con el ritmo de la poesía italiana, con el colorido del suelo italiano. Sus notas las conducía su poesía interior; sus estrofas y sus cantos, el canto de su misma alma, medio melancólica, medio alegre y pensadora. Se abandonaba -por decirlo así- cuando escribía música, a las palpitaciones y sonoras vibraciones de su alma.

Era música que brotaba a través de su corazón, primero, y a través de su voluntad, después. Y no como gran parte de los músicos modernos, que para nada necesitan del corazón, fiándolo todo a lo puramente externo, libros, escuelas, técnica, ruido y mucho ruido. Sin duda, aquella condición, esencialísima en todo artista, contribuyó para que Santesteban imprimiera aquel sentido cristiano y fervoroso a la música religiosa, de tal modo que llegase a las almas como una unción y un bálsamo confortable y semidivino, a pesar de haber estudiado durante su juventud y su viaje por Italia en los moldes de escuelas que tenían muy poco de religiosas.

El estilo de su música delataba, sin embargo, casi siempre las modulaciones del arte italiano; aunque siempre buscaba la plasticidad y colorido de la técnica francesa. V se inspiraba en maestros ya hoy casi abandonados hasta en la música religiosa, como Palestrina, Mercadante, Bassilli, Oabrielli y otros más.