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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Santesteban no conoció jamás el eclecticismo de la música por la música, ni el escribir por escribir. Debía siempre decir algo con las notas que llevaba al pentágrama, y lo decía siempre que escribía música. Delineaba el alma basca en sus zortzikos, en la sencillez de sus melodías y aires; y el alma religiosa en sus misas, villancicos y misereres.

Su obra no es la obra de un artista sensual como Rossini, ni de un extravagante, ni de un doctrinario o técnico. La obra de Santesteban es la de un corazón sencillo que supo armonizar y adaptar en la música toda una modalidad de las costumbres de su pueblo y de las costumbres de su raza. Las mismas composiciones religiosas parece como que están adaptadas al marco del San Sebastián de su época, aunque desde luego, y sin disputa alguna, podrían ejecutarse hoy mismo en cualquier población.

Y en todo ello, en conjunto, hay matices tan delicados, tan exquisitos, que por sí solos son lo bastante para hacer vibrar las cuerdas, aun las más duras, de la sensibilidad. No está, sin embargo, en toda su obra reflejada la Naturaleza con todos sus aromas, todos sus encantos y todos sus misterios, porque Santesteban no encontró campo donde poder explayar algo de música descriptiva; pero su temperamento norteño, su alma neta y puramente basca, contribuyó a dar un peregrino sabor, una ternura y seriedad a la vez a toda su música, por ser aquellos frutos de su inspiración frutos escogidos de la tierra; frutos que no se puede confundir porque nacieron entre las brumas y las montañas, entre las costas y los mares, entre el cielo gris y los pájaros errantes.

Nunca las expresiones y afectos de su raza estuvieron mejor y más puramente sentidos que en su música