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De Iturriak
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JOSÉ JUAN SANTESTEBAN

y en su arte, y nunca tampoco manos de artista palparon con más amor las cosas de su tierra. De toda su obra apenas queda más que el recuerdo; de todas sus composiciones apenas ha habido ni siquiera imitadores. Y, sin embargo, pocas veces se oye en las iglesias de San Sebastián música más sentida, más severa y más religiosa. Ni tampoco más euskara, en los conciertos bascos.

Ocurre con la música de Santesteban lo que con otros muchos artistas, poetas o literatos: que aun no siendo completas sus producciones, aun no llenando las aspiraciones de una crítica benévola, no penetrando en seguida a la atención de los oyentes, tienen, sin embargo, un algo de misterioso y de plástico, de delicado y de recóndito, de sencillo y de ideal, que sólo bajo este aspecto mantienen un mérito eterno e indiscutible. Y es lo bastante para que los que sientan el arle, la lírica, el pentágrama, den a la obra el mérito que en realidad tiene.

Cuando yo oí por primera vez un zortziko de Sanlesteban era aún muy joven, y, sin embargo, tal impresión agradable quedó grabada en mi alma, que nada encontré en mi tierra más espiritual, ni más inefable, ni fruto más dulce, ni manjar más delicado; me pareció que nada había más rico en color, ni más armónico en detalles, ni más bello, ni más atrayente, ni más fascinador.

Y es que al escuchar en mis primeros años aquella página todo sentimiento y ternura, todo color y matiz, me hizo una impresión tan honda, algo tan firmemente evocativo de los cantos, los ensueños, las caricias de mi tierra, que aquella canción de Santesteban era como rocío de la mañana que bañaba mi rostro, como flores y pájaros que a la vista de mi fantasía se presentaban de algo imaginativo y real a la vez.