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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Era la patria que estaba allí corno en un hilo alegre y puro; como en uno de esos paisajes de tarde otoñal, que veía posar a mi lado el encanto del aleteo de una mariposa.

Y Santesteban fué eso. Su pueblo, sus costumbres, la sencillez de su vida, puesto en el pentágrama, por un lado. La sublimidad, la diafanidad, el encanto severo de la religión católica con sus misterios y sus cuadros, por el otro.

Por esto precisamente, porque la música de Santesteban fué genuina y netamente trasladada al lugar de nuestros encantos y nuestros sentimientos, nuestras casas solariegas y viejos torreones, debemos amarla y enaltecerla como algo muy nuestro y milenario; como algo que ha nacido a compás de nuestras alegrías, nuestros dolores y las cosas más íntimas y consubstanciales de nuestro pueblo.

Y digo esto, porque aquí más que en lado alguno olvidamos con facilidad eso que es caudal propio de nuestra casa propia; eso que sólo y exclusivamente nos pertenece. En Santesteban más que en nadie brilló la virtud de la modestia llegada a un grado altísimo, porque así como la mayoría de los artistas apenas dan una producción al público necesitan de momento todo género de redamos y de ruido, Santesteban1 por el contrario, enfervorizábase tanto más en su arte cuanto más recatado era el trabajo y más silenciosa su vida.

Vida que nada quiso con los hombres sino con el arte puro, con el arte callado, que lo mismo exteriorizaba una pasión como un alto pensamiento, como una sonrisa inefable.

Y cuando Santesteban cantaba en tono melancólico, como en una alegre risotada, como en una severa liturgia, como en un fragmento ideal, lo hacía siempre con