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De Iturriak
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JOSÉ JUAN SANTESTEBAN

aquella libertad tan libre, con aquel pudor tan sagrado de artista, que le hacía explayar libremente por los bellos campos de la fecundidad, sueños de juventud, anhelos de un generoso corazón, pasiones y vehemencias; tristezas y serenas actitudes que lo mismo descendían a la espontaneidad admirable de un canto popular como llegaban a las cúspides gloriosas de páginas impregnadas de sublime serenidad religiosa.

Si fué enorme el caudal de sus producciones no ha sido menos la intensidad de la clara luz que dejó; de ese rastro de serena hermosura, que, sin abandonar en el arte las modalidades de su tiempo, supo esculpir como en mármoles clásicos un estilo sobrio, un pensamiento robusto y un clasicismo de oro. Su alma, todo sencillez y sosiego, quedó exteriorizada de modo sencillo y claro también en las notas del pentágrama, y allí dejó para ejemplo de las sucesivas generaciones todo aquel amor a su pueblo que él sentia, toda aquella virtud del trabajo que él amaba, toda aquella clásica serenidad de su pensamiento que supo nutrir el pensamiento musical también de dos generaciones.

Santesteban, sin embargo, yace hoy olvidado por la actual generación, como si aquel hombre que para nada molestó a los demás hombres, como si aquel temperamento de puro artista que siempre acompañó los pasos gloriosos de su vida, no hubiese sido un alma delicada y generosa; incapaz de vender su amor al arte por otros amores nefandos y prostituídos. Siendo fuerza reconocer que nadie e.orno él supo interpretar las manifestaciones y los recuerdos, las sutilezas y los encantos juveniles del alma donostiarra, y pocos, muy pocos, darle a la música religiosa aquella sobriedad que aparece en todas las composiciones de Santesteban.

Hombre que pensó tan alto, que nada fué para el