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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

mundo sino todo para el arte, en aquella región soñadora y melancólica encerrada entre un maravilloso varillaje de afectos, era hombre que hablaba poco. Pero precisamente, porque Santesteban con aquellas páginas de ensueños decía mucho más que otros con páginas enteras de ruido y palabras.

Era tan íntimo Santesteban, tan reconcentrado fué toda su vida, que hacía música para gozar él a solas con aquella producción de su ingenio, y romper acaso después las páginas artísticas que hubiera trazado. Aunque algunos crean lo contrario, son muchos los músicos y artistas que tienen que aprender del temperamento de Santesteban.

Aquí, que en cuanto se rascan las cuerdas de un instrumento o se emborronan las líneas del pentágrama con notas que nada dicen, y, sin embargo, se creen ya artistas de cuerpo entero, aquí es donde muchos tienen que aprender en el ejemplo de Santesteban.

Ser músico no es ser artista, como muchos creen.

Es necesario llegar a poseer ese espíritu fino y observador que sienta al escribir y al hacer música lo mismo las complicadas cuestiones de la vida, como la sensación que produce el cristalino manantial de la fontana de un recóndito paisaje¡ sentir la ternura en el corazón y la lumbre fosfórica del entendimiento; la alegria del presente y el recuerdo del pasado; el eco armonioso de la voz de su patria, como el rumor de una ola que se rompe sobre la playa; los afectos que sugiere un mundo de tradiciones, como la sensación del poema de una vida futura¡ y con todo ello, mantener un estilo gallardo, puro, clásico, sentido, que llegue a armonizar ese conjunto como de coloquios, y dar a las almas lo que se las da muy poco por compositores y músicos modernos.

La sensación de la belleza.