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De Iturriak
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VICENTE MANTEROLA

ban y confundían como en armónica cristalización. Las notas Meritissimus para Mánterola eran otorgadas por los tribunales a falta de otras de más categoría.

Pero donde el joven sacerdote descolló con extraordinaria pujanza, fué en el Seminario de Salamanca. Dió tales pruebas de su saber; habló de modo tan magistral; sintetizó con tal brillantez su discurso del doctorado, que el tribunal le otorgó por aclamación el birrete de Doctor.

Con tales comienzos, y sabiendo como todo el mundo sabía la elocuencia de su palabra, era diácono, y, sin solicitarlo, el Obispo dió su licencia para que Manterola ocupara desde luego la Cátedra del Espiritu Santo.

Apenas pronunció sus primeras oraciones sagradas, la fama de notabilísimo orador se extendía por regiones enteras. El ardor de sus convicciones, que las exteriorizaba con palabra fácil, elocuente y arrebatadora; la unción religiosa y su fervor de sacerdote, convirtieron a Manterola en el apóstol incansable de un catolicismo ferviente.

Sin embargo, no fué el momento más culminante de su apostolado este de sus primeras épocas de orador. Simultaneaba la oratoria con los estudios y la cátedra. Sacerdote modelo, ejemplar, humildísimo -si los ha habido- su temperamento batallador exigíale algo, mucho más que la vida ordinaria del cura.

Tenía palabra incomparable1 pluma de polemista, ciencia sólida y amplia, celo ejemplar, alma de batallador y un corazón inmenso capaz por sí solo de atraerse a cuantos trataba, ¿qué de pasiones no iba a encrespar, lo misrno en el campo de los que verdaderamente le idolatraban como en el que le odiaban, desgraciadamente, por envidia, malquerencia y mezquinas pasiones humanas?