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De Iturriak
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JOSÉ MANTEROLA

diario de la corte, y el que esto escribe. Inclinados los tres sobre un mapa de Francia, llevábamos de aquí para allí las banderolas prusianas por todo el territorio conquistado, conforme a las noticias que se recibían, cada vez más dolorosas y más tristes para los franceses, de aquella lamentable lucha. De pronto apareció sobre el mapa una mano blanca y pequeña, armada con un enorme alfiler negro que fué a clavarse sobre la ciudad de Nancy, mientras una voz simpática en extremo exclamaba a nuestra espalda: «¡Qué atrasados están ustedes de noticias! Hace seis días que cuatro soldados prusianos han tomado, sin disparar un tiro, la antigua capital de la Lorena. El que así hablaba era un joven de veinte años, vestido de dril y con una boina roja en la cabeza. De color pálido, de alegres ojos, labios delgados y encendidos, a los que apenas hacía sombra un ligerísimo bozo, nariz prominente que acusaba cierta originalidad de raza, ancha y despejada frente y una mirada a la par dulce y penetrante. Llevaba bajo el brazo periódicos y libros. Yo le tomé por el hijo del administrador, que volvía del Instituto. El Sr. Feced, haciendo la presentación, me dijo que aquel joven era Manterola.

Allí quedó sellada nuestra amistad para los catorce años que ha durado. Hablamos de todo: de las fiestas, de la guerra, del amor, de los fueros, del arte, de la literatura. Yo leí una traducción en verso de la canción de Bécquer sobre el Rhin alemán. Manterola dijo que se publicaría en el Aurrera. Y leyó a su vez, o mejor dicho, recitó entusiasmado, el canto de Altobiscar en bascuence y la traducción hecha por Carolina Coronado. Yo no tenía entonces noticia del canto, ni de la traducción. Me dijo que tendría mucho gusto en que yo la tradujera también en verso castellano, y se quedó asombrado cuando me oyó decir que yo, como encartado, no ha-