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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

El derecho, pues, conforme al dogma y filosofía católicos, se apoya y recibe su fuerza del orden moral; y como este orden moral lo conoce el católico, no sólo con su razón, sino que también por la revelación divina y la enseñanza de la Iglesia, que llevan y deben llevar á su ánimo el último grado de certezas, porque ni Dios, ni su Iglesia pueden engañarse.

Aquél, por ser infinito, y, por consiguiente, infalible, y Ésta por ser también infalible por la asistencia divina, que no la puede faltar jamás. El derecho se apoya para el católico en una verdad que conoce ciertamente en cuanto le es necesario, y como por otra parte Dios nos ha impuesto estas verdades por norma de nuestras acciones no podemos despreciarlas en la práctica sin ofender á Dios, el Sér por esencia, el que con un fiat hizo cuanto existe, el que nos ha dado cuanto somos y tenemos, y quiere dársenos á sí mismo en recompensa, haciéndonos participar de su misma felicidad, que consiste en la contemplación constante de sus infinitas perfecciones........................

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Veamos ahora lo que sucerle con el derecho cuando despreciando el dogma y la moral del catolicismo se proclama el absoluto principio dela soberanía de la razón humana. Desde luego, vemos que desaparecen de nuestra vista Dios y el orden moral; la fuerza moral que constituye el derecho, procederá, pues, aceptada esta teoría, de la razón humana. Pero he aquí que la razón humana no existe, es una mera abstracción, y lo que sólo existe es la razón de cada uno de los hombres. Será, pues, preciso proclamar ó á la razón de cada cual, fuente de sus derechos, ó á la del legislador, fuente de los de todos. Si lo prímero, el derecho, no existe, ni puede existir porque la razón de cada uno podrá, aceptado el absurdo principio que combatimos, ser la regla de sus acciones, pero nunca podrá serlo de las acciones de otro hombre, porque éste tendrá un razón tan soberana como la del que pretende hacerle respetar su derecho, y, por consiguiente, lejos de obrar irracionalmente al violar el derecho, obraría muy bien si así le dice la soberana norma de sus acciones. El derecho necesita una base que obligue á todos los hombres, y como la razón individual sólo puede obligar a un hombre, no sirve ya, sólo por esto, de base del derecho. Aceptada, pues, la teoria que combatimos, ó cada uno hace lo que bien le parece, y en este caso el derecho no existe, ó se limita esta facultad por la fuer-