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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

tísima gloria de este mundo. Gloria que si se alcanza, desde el principio hasta el fin, las envidias, las vilezas, las pequeñeces humanas, la asedian siempre, chupándole el rico jugo de la íntima y tranquila satisfacción personal.

Vinuesa conoció esto, sin duda. Vinuesa conoció de verdad el mundo. Y lo despreció; lo despreció a latigazos. E hizo bien. Fué, sin duda alguna, el primer triunfo de su carrera. El mayor triunfo. El más señalado. Abandonó la toga y vistió la sotana, la pobre sotana de jesuita, pobre en aspecto, aunque rica y envidiable en goces espirituales y semidivinos.

Vinuesa, terminada su carrera, entró en la Compañía de Jesús, en esa congregación de hombres incomparables, hijos de aquel genio estupendo que se llamó lñigo de Loyola.

Pero la Revolución de Septiembre, aquella revolución que, pretendiendo sobrepasar a la francesa, no fué más que un remedo suyo, expulsó a la Compañía de Jesús de la nación española, y el hasta entonces joven Vinuesa entra en el noviciado que los hijos de San Ignacio habían establecido en Poyanne (Francia), departamento de las Landas.

Era el 7 de Octubre de 1871 cuando esto ocurrió, y Vinuesa apenas contaba 23 años. Allí continuó sus estudios, y digo continuar, porque si bien es verdad que comenzó de nuevo, para una nueva carrera, la grande y gloriosa carrera de la conquista de las almas, para su inteligencia, para aquella gimnasia intelectual que ejercía desde hacía ya bastantes años, la entrada en la Compañía fué una continuación de este ejercicio.

Nada tenemos que decir de su noviciado. Fué el entonces futuro P. Vinuesa verdadero ejemplo de modestia y de humildad. A pesar de haber abandonado el mundo, donde tan brillantísimo porvenir le esperaba,