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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

ble dialéctica en su proposición, la inmensa mayoría de sus oyentes salían persuadidos, convencidos, de que, efectivamente, lo que predicaba el célebre jesuíta era verdad inconcusa, evidente, irrebatible, ante la cual quedaban reducidos a la nada los más habilidosos sofismas y sus más brillantes corifeos.

Sin embargo, como aquellas conferencias, aunque bien es verdad se recogieron y difundieron en folletos y más tarde en un libro con otros sermones suyos, encucntro de gran interés la reproducción de los trozos más salientes, pues, desgraciadamente, no se conocen como debieran las conferencias y oraciones del Padre Vinuesa.

Pero, ante todo, oid; leed, aquella elegancia en el decir; aquella dulzura; aquel dominio de la lengua, que cuando hablaba parecía hacer de la palabra música armoniosa, canto de ruiseflores, romper de alborada y crepúsculo de arreboles. Mirad el comienzo de una de las conferencias. Son unas líneas, nada más que unas líneas, y decidme si al leerlas, recordando que las habló un artista, no cerraríais las palmas de vuestras manos para aplaudir y seguir escuchando de nuevo la palabra delatora irremediable de un espíritu fino y culto; de un aristócrata intelectual; y aun de abolengo como lo era el P. Vinuesa. Decidme si palabras tan sencillas pueden expresar mayor número de ideas y más bellamente encadenadas. Dicen así:

«Yo, señores, tengo forzosamente a mi edad que conocer lo bastante a los hombres para saber que muchos de los obreros que me escuchan no piensan como yo; ni soy tan neciamente vano que me pueda forjar la ilusión de haberles persuadido a todos, las verdades que inculco. Pues pensáis como pensáis, obreros socialistas y anarquistas, y escuchar como me habéis escucha-