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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

do estos dos días, prueba inequívoca es, de que en esta villa la educación y la cultura reinan y campean como en pocas. Os felicito por ello, gijoneses.» Y más adelante decía: «La materia no apropiada, mueble o inmueble, sea un trozo de mineral, o un terreno, o una corriente de agua, mientras no reciba en sí la acción vivificante del trabajo humano, que de uno u otro modo la adapte para satisfacer las necesidades o tendencias legítimas del hombre, es inútil para todos. El mineral no elaborado, la tierra cubierta de maleza, el agua que corre o se precipita, sin mover nada, ni regar nada, ni servir por su corriente arrebatada o tortuosa, de vía de comunicación y transporte, ni aplicarle a otro ningún uso conveniente, ¿de qué sirven? Si siempre hubiesen de estar como están, ¿qué valdrían? Nada. Aunque desaparecerían no perderíamos cosa alguna, puesta esa hipótesis.

Pero demos que un hombre o una asociación o grupo de hombres quiere y puede extraer y elaborar ese mineral, desbrozar y cultivar esos eriales, aprovecharse de esa agua para la agricultura, regando; o para la industria, aplicando la fuerza con que corre o cae; o para la navegación, moderando y rectificando su curso. Para lograrlo estudia, ensaya, se desprende del fruto acumulado, de anteriores trabajos, vela y aplica sus conocimientos y sus fuerzas. Consigue por fin que que el mineral sea una herramienta, que el erial se convierta en campo labrado y fértil, que la corriente de agua se trueque de estéril en fuente perenne de riqueza. Según lo ya probado, ese hombre, o ese grupo de hombres, es dueño de esa utilísima transformación.

Hasta aquí no hay duda. Nace ésta de que esa transformación no puede separarse de lo transformado, y una de dos; o lo transformado se hace del que