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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

misma facilidad, con la misma majestad con que el águila lo envuelve y descoyunta al débil corderillo que inocentemente apacienta en la pradera. Y era tanta la autoridad que su saber le otorgaba; y al mismo tiempo tan preclara era su inteligencia y tan grande su corazón, que en un solo hombre, por maravillosa coincidencia, se reunían las más sobresalientes cualidades que apetecerse pueden.

Sus oraciones sagradas no están recopiladas más que en parte. Predicó mucho y muy bien. Las oraciones pronunciadas en Madrid fueron, sin duda alguna, de las más notables.

Dióse el caso, cierta Semana Santa, de hallarse predicando en Madrid dos de los más notables oradores que existían en España. Los dos eran donostiarras. El uno discípulo del otro. Manterola y Vinuesa. Aquél maestro de éste. Inútil es decir que fué la nota culminanfe de aquella Semana Santa en la capital de España. Pero de entre todas la s oraciones descuella una, que por el asunto, por la forma, por el corazón de artista que delataba, y por la maravillosa dicción que envolvía, merece que se le dedique capítulo aparte. Fué la oración fúnebre pronunciada en las exequias celebradas por la guarnición de La Coruña en sufragio de las almas de los náufragos del crucero Reina Regente.

No fué aquella oración sagrada una quema de fuegos artificiales en el altar de la fantasía y en aras de revuelos poéticos, no. Tampoco tuvo nada de orientación polemista contra los enemigos de la Iglesia y de la fe. Y, sin embargo, en medio de cuadros y figuras de una maravillosa y sentida creación artística, el trozo razonador, la exposición metafísica llegada por lo admirablemente dicha al oyente heterogéneo, clara y comprensiblemente, alcanzó y sobrepasó los linderos de lo sublime en la