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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

prueba científica y filosófica de la existencia de Dios.

No se dirigió en aquellos momentos el P. Vinuesa, exclusivamente al sentimiento, aunque pudo haberlo hecho sin salirse fuera de la órbita inherente al asunto que había de desarrollar. Tampoco fué la oratoria sagrada que, como algunos autores pretenden, huye del razonamiento sereno y frío. No. El P. Vinuesa demostró con claridad meridiana la existencia de Dios y la pequeñez del hombre, de tal modo, que muchos de sus trozos pueden compararse muy bien con aquellos inmortales del P. Félix sobre «El Progreso por el Cristianismo», predicados en Nuestra Señora de París, en las Cuaresmas de los años 1856-1857-1858.

¿Dónde buscar mayor claridad en el razonamiento que en este discurso del P. Vinuesa? ¿Dónde llegar a un convencimiento tan íntimo de la conciencia, más y con mayor fortaleza, que después de leer o escuchar una oración del esclarecido jesuita?

Si no tuvo la grandilocuencia soberana de un Bossuet, con aquella prosa ampulosa impregnada de soñadora y rica fantasía, en cambio llegó a la sencilla perfección de la oratoria sagrada que recordaba la elocuencia cristiana del siglo IV, la erudición y saber filosófico de los Padres de la Iglesia de la Edad Media; la elegancia de un P. Jacinto; la persuasiva palabra de un Dupanloup; el razonamiento convincente de un P. Félix; el fervor apostólico de un Bourdaloue, en una palabra, algo de lo más perfecto y acabado que un hombre pueda escuchar desde la cátedra del Espíritu Santo.

Pero no es el momento de extendernos en consideraciones sobre la oratoria del P. Vinuesa. Lo haremos más adelante. Bástenos reproducir aquel admirable discurso que, indudablemente, lo saborearán con fruición los lectores: pensábamos reproducir algunos trozos, pero sería