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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

ban, se desplomaban con estruendo de miles de cataratas, para volver a levantarse y correr y alcanzarsc y estrellarse y desplomarse con furor incansable.

¿Quién osará provocar sus iras? ¿Quién se expondrá á sus golpes incontrastables? Desgraciadamente, los marinos españoles. Hijos son de aquellos que, en débiles carabelas, seguian por mares nunca surcados al genio que buscaba un Nuevo Mundo; de aquellos que fueron los primeros en rodear nuestro planeta, paseando triunfante por cuantos mares lo ciñen el pendón de Castilla; de aquellos que hundieron para siempre en las aguas de Lepanto el poder y el orgullo de la Media Luna; de aquellos que pusieron espanto á Inglaterra, la reina de los mares, que no dejó de temblar hasta que vió vencida por las olas la escuadra invencible; de aquellos que ahí mismo, cerca de ese Estrecho, de hoy más de fúnebre é inolvidable recuerdo, supieron morir como héroes en la gloriosisima derrota de Trafalgar, peleando solos con la formidable escuadra de Nelson, en tanto que huían amedrentados, abandonándolos, los seides del Conquistador y afortunado tirano de Europa; de aquellos que se cubrieron de honra y salvaron los buques en el Callao, porque querían «más honra sin buques, que buques sin honra». Los hijos de Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón, de Vasco Núñez de Balboa y Juan Sebastián de Elcano, de D. Álvaro de Bazán y D. Juan de Austria, de Recalde y Oquendo, de Gravina y Churruca y Méndez Núñez, émulos del valor de sus padres, no quisieron, no pudieron aparecer cobardes ante los semibárbaros, que los contemplaban aquel día fatal en la insegura bahía de Tánger. Entraba hasta el fondo del puerto la marejada inquieta y amenazante: allá fuera reinaba la tempestad, oscureciendo el sol con sus nubes, atronando el espacio con sus bramidos, amenazando con sus olas al temerario que osara arrostrar su furia. Y el barómetro bajando, bajando desusadamente, decía con ese lenguaje callado, que entiende la ciencia náutica: «La tempestad se desencadena. ¡Temed, hombres, temed!»

¿Qué hacer? Si salen, no faltará quien los llame temerarios. Si quedan, garrearán tal vez las anclas, faltarán las amarras, iráse á estrellar en la costa el hermosisimo crucero, á la vista de los perpetuos enemigos de España, hechos ahora amigos..... oficialmente y ¡no sé cómo! ¿Qué hacer? Salir, es luchar; quedarse, declararse vencidos con precaución, pru-