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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

dente tal vez, pero quo los que miran desde la orilla creerán sobradamente parecida al miedo. No hay lugar a duda: hay que salir, hay que luchar.

Maldicientes, que zahieren lo que ni aun son capaces de admirar; críticos, que censuran lo qnc no entienden; Aristarcos de la marina, que jamás pusieron el pie en un bote; prudentes, que adivina el resultado después de verlo, dirán.... ¡no sé qué! No he de pararme a escucharlos. Sólo oigo la voz del honor patrio, que por boca del malogrado Sanz de Andino, grita: «¡Arriba anclas! A la mar!» Y á su voz veo salir del puerto á aquellos nobles hijos de España, á impulsos del vapor, entre el bramar de las olas y el rugir del ciclón desencadenado. Los mismos marroquies, que tal vez saborean el acre placer de la desgracia prevista, tienen que decirse asombrados: «Son valientes».

Y de veras lo son; y el enorme buque de templadísimo acero, al que sus numerosas y perfeccionadas máquinas convierten en una especie de organismo, alentado y como animado por el vapor, hecho está para la guerra, y guerra en el mar, la más espantable de las guerras. Guíalo la ciencia, experiencia é intrepidez de sus tripulantes. En suma, todo cuanto el hombre sabe y puede lucha allí con el temporal, bajo la bandera española, sacudida y rasgada por el huracán y empapada en agua de las olas.

Pero ¡ay! ¡Qué pequeño es el hombre en brazos de la tempestad! El monstruo de acero que construyó, ligero juguete es de las olas. Resiste una, dos, ciento..... Creo verlo arremeter aquí brioso, y hender con su proa durísima un monte de agua, que arrebatado, hirviente, furibundo, se le venía encima y parecía haber de sumergirlo inmediatamente. Cede luego en parte al impulso terrible de otra inmensa mole, que de improviso lo cogió de través; y, cediendo, ablanda el golpe, y pasa la ola, y el monstruo respira, y crujiendo su férreo pecho, hace un esfuerzo titánico, y se levanta, y recobra, y prosigue el rumbo perdido. Vedlo luego revolver ligero, y sortear, desviando la popa amenazada, el peligro inminente de otro incontrastable golpe de mar, que iba á caer sobre él y sepultarlo. Y luego desaparece entre dos olas como montañas, y ni aun su alto castillo se divisa, ni aun sus palos. ¿Sucumbió? No. Vedlo, vedlo cuál aparece, bamboleándose, entre las brumas del mar; cuál trepa hasta la cima altísima de la ola;