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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

cuál campea allí sobre el fondo ceniciento y amenazador del cielo, rodeado de hirviente y revuelta espuma, respirando fuego y humo, que el huracán rompe, esparce, disipa, cuál se agita y lucha y forcejea. ¡Todo en vano! Prolonga su agonía, pero no vivirá. Pedidle lo grande, lo heroico, lo inverosímil, todo lo hará. Pero no le pidáis lo imposible. No pidáis al cordero que venza al león: no pidáis al pajarillo que se desprenda de la garra del águila, que lo estruja y deshace sin esfuerzo. Tal es el crucero, tal es el hombre, en poder de la tempestad.

No sabemos cómo ni cuánto lucharon aquellos desgraciados, á quienes no volveremos á ver sobre la tierra; sólo sabemos que pelearon como buenos. Los conocíamos. Hagamos justicia á su memoria al elevar al cielo nuestra oración por sus almas.

Tampoco sabemos cuándo ni cómo sucumbieron; porque el mar no hubo de hacer esfuerzo alguno para vencerlos, como no se esfuerza el león para sujetar al cordero, ni el águila para estrujar al pajarillo. El mar estaba agitado luchando con el ciclón. Pasaron los hombres. El mar se sacudió sin sentir su paso, y los hombres desaparecieron. Si el mar pudiera hablar y le preguntáramos: «¿Cómo venciste á esos héroes? ¿Cómo los sepultaste con el crucero?» Respondería: «No luché con ellos, ni aun vi el crucero. Al sosegarme, me enteré de que los había hundido para siempre.» ¡Ah, señores! No preguntemos al atleta qué insectos aplastó mientras pugnaba.

-Pero ¿qué, me diréis, no lucha también el hombre con la mar? ¿No se libra repetidas veces de su furia? ¿No hace que le sirva para sus intereses y aun para su recreo? ¿No vence y contrasta su poder conteniéndolo con diques, quebrantándolo con escolleras, encerrándolo en las dársenas? No somos insectos; algo y aun mucho podemos.

Si, hermanos míos, exageré tal vez, no somos insectos; podemos algo, podemos (si así queréis llamarlo) mucho. Pero ¿sabéis cuándo? Cuando obedecemos dóciles, sólo cuando obedecemos. Reflexionad un momento, y os convenceréis de la exactitud de esta afirmación, que tal vez os haya á primera vista causado extrañeza. ¿Cómo lucha el hombre con las fuerzas de la Naturaleza y las vence? Conociendo y aplicando las leyes por que se rigen aquellas fuerzas, es decir, reconociendo la ley, sometiéndose á ella y haciendo que la Naturaleza le sirva; obedeciendo, no á él, sino á esa ley superior á él y á