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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

ella, que el hombre conoce más o menos perfectamente. Por eso cuando, ignorante, desconoce la ley, ó débil, no puede aplicarla, ó se niega á someterse á ella, soberbio, entonces la Naturaleza, que cumple sus leyes ciega y fatalmente, atropella al hombre y lo pulveriza y deshace.

No lo olvidéis, hermanos míos: en lo físico, como en lo intelectual y en lo moral, el hombre sólo es grande cuando conoce la ley y la practica, cuando se humillar obedece. ¿Sabéis quién es grande cuando manda y cuando pregona su propia grandeza con el estampido del trueno y la voz de la tempestad? Dios, señores, y sólo Dios. Porque es en Dios tan verdadera la grandeza, como en nosotros la pequeñez. Él es legislador, nosotros súbditos; Él autor de la Naturaleza, nosotros, como la Naturaleza toda, hechura suya; Él poderoso, débiles nosotros; Él Sér inflnito y necesario; nosotros, seres diminutos, que vivimos porque Él quiere, y nada más.

Por eso el mar, tan fuerte y espantable para nosotros, ¿qué es para Dios? Gota de agua que su vista infinita divisa en la inmensidad del Universo, que todo él es menos que un punto, comparada con su Hacedor. Pues decidme, señores, ¿qué seremos nosotros careados con Dios, si no ya puestos en parangón con el Universo; pero aun comparados no más que con esa gota de agua, casi invisible en el conjunto de los seres creados, á la que nuestra pequeñez da con pavor el nombre de mar, somos tan diminutos y tan débiles? ¿Y no temeremos a Dios? ¿y le ofenderemos?

Consideremos cómo le obedece cuanto existe fuera de Él. Dijo «hágase», y el mar y la tierra, y los planetas y los soles, y la creación toda, brotó de la nada al eco de su voz de mando, diciendo, no con palabras, sino con hechos más elocuentes que las palabras: «Aquí estamos, Señor, mandad». Y Él dió á cada una de sus criaturas la naturaleza y propiedades que las constituyen y distinguen, y al dárselas, imprimió su ley, no en hojas de papel, que el viento arrebata y roe el gusano, sino en lo más íntimo de los seres, que empezaron á ser y siguen existiendo, merced á la omnipotente voluntad del Divino Legislador; y esa su ley -cada dia lo va sabiendo mejor el hombre- se cumple con exactitud matemática en lo pequeño y en lo grande, en la calma y en la tempestad. ¿Véis ese mar revuelto y agitado? Ni una gota de sus aguas, ni un átomo de sus espumas hace sino lo que prescriben las circunstancias en