Page:DonostiarrasXIX-1.djvu/78

De Iturriak
Saltar a: navegación, buscar
Esta página ha sido validada.
64
DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

que se mueve, las leyes de la hidrostática y de la hidrodinamica. La tempestad no es desorden sino para quien ignora las casuas que la engendran y las leyes que la rigen. Le damos el epíteto de «desencadenada» tan sólo porque, aterrados por su agitacion espantosa, perdemos de vista la ley suave é inflexible con que Dios la sujeta y encadena. Pero existe esa ley, ó, si queréis, ese conjunto de leyes; y mediante ellas, dice el Señor al mar, como leemos en Job (cap. XXXVII, v.11): «Usque huc venies et non procedes amplius. Vendrás hasta aquí, y no te adelanterás más; et hic confringes tumentes fluctus tuos, y aquí, precisamente aquí, en este punto, que mi vista está viendo y mi dedo divino te señala; aquí, sin acción ninguna mía que sea preternatural, y sólo en fuerza de la ley á que te asometía al dotarte del sér y naturaleza y propiedades que tienes; aquí quebrantarás tus hinchadas olas. Y en vano el impulso recibido las empujará más allá: contrarrestado y vencido el impulso por la gravedad, ayudada del rozamiento, tus olas caerán rotas y deshechas y volverán sus aguas rugiendo al seno de los mares. No: non procedes amplius, dice el Señor; jamás irás más allá de donde desde toda la eternidad quiero que vayas; ni tendrás otra fuerza que la que desde toda la eternidad no quiero que hagas. Este es Dios, hermanos míos. Así habla y así manda.

Bien sé yo que la llamada ciencia moderna por mil caminos se afana por llegar á la negación de Dios creador y próvido gobernador del Universo; pero á poco que desapasionadamente lo consideréis, señores, os saltará á los ojos que en esa negación nada hay que merezca llamarse ciencia ni que sea moderno. ¿Cómo llamar ciencia al desvarío de la razón humana, errante por las tortuosas sendas de todos los absurdos sólo por decirse: «á lo menos por aquí no me encontraré con Dios?» ¡Moderna la negación de Dios! Siempre ha brotado de la podredumbre del corazón humano. Mil años antes de Jesucristo murió David, y dos de sus samos (el 13 y el 52) comienzan por esta dura, pero exactísima aserción: «Dixit insipiens in corde suo: non est Deus». Dijo el insensato (que no el sabio) en su corazón: «No hay Dios»j ¿Lo estáis viendo, hermanos míos?, la negación de Dios es tan antigua como las grandes miserias del corazón humano, que la engendran; que no la dicta, no, la ciencia á la mente ilustrada, sino